martes, 1 de noviembre de 2011

Familia cuidadora

Estamos en un momento de gran debate sobre los
mitos, tabúes y dogmas referidos a la familia, con un
discurso que se centra en los cambios que ésta ha
sufrido, aunque los lazos de parentesco continúan
teniendo vigencia. Ahora bien, en muchas culturas,
entre ellas la nuestra, existen fuertes expectativas
normativas que se articulan con el mundo de las
emociones, sobre quien, como y a quien se da ayuda
en las familias. Estas normas imponen obligaciones, al mismo tiempo que confieren  derechos, siendo las estructuras de parentesco
las que modelan los lazos familiares.
Existe evidencia empírica de que los sistemas de
creencias normativas persisten y continúan influenciando
la conducta incluso después de que las condiciones
estructurales y sociales cambian, con los consecuentes
problemas para el cumplimiento de estas
obligaciones. Ejemplo de ello es el éxodo rural de la
población española en la década de los setenta, y las
dificultades que estas personas encuentran para atender
a sus padres ancianos de acuerdo con las normas
culturales. Esto nos debe hacer pensar en que
las aportaciones que se hacen respecto a las familias
deben ser lo suficientemente informadas para
que concuerden con la realidad y lleven a un planteamiento
crítico de la cuestión del cuidado de los
ancianos.
En los estudios sobre la familia, los datos que encontramos
están más relacionados con las normas que
con las conductas. Y a pesar de que el estudio de la
familia es un campo difícil de abordar porque se trata
de sumergirse en un dominio íntimo, impregnado
por los sentimientos, el estudio de las conductas familiares
nos permite obtener datos reales sobre la
atención a las personas mayores, qué estrategias se
utilizan, y que aspectos de estas estrategias son los
que inciden en la calidad de vida. Vemos que estamos
hablando de normas, de sentimientos, y de estrategias.

MAAG

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